Fíjense ustedes que yo creía que aquellos brazos jóvenes deberían haberse olvidado a estas alturas. No me culpen, en mi caso cualquiera lo haría si hubieran vivido esa tímida fortaleza. Tampoco es que quiero ser inocente, mea culpa, yo provoqué todo, pero esperaría que comprendieran que aunque la razón me la tengo muy presente, esta no tiene mucha injerencia, entonces cada vez que hay una tirana chispa de su voz o mensaje de texto impersonal, me ocurre un temblor. Y qué temblor.
He analizado profundamente todo esto -bueno, al menos hasta donde (acepto) me ha convenido-, y he llegado a la conclusión que él es el culpable, no yo. A él le debe corroer la conciencia por hacerme verlo tan estético, y sobre todo tan magnético.
Entonces, como modo de redención, me he prometido que si lo vuelvo a ver, le ayudaré a redimirse de esa culpa. Me he jurado que cada vez que me venga un temblor me transformaré de la forma más estremecedora en su terremoto particular.
Le pongo la firma.
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