miércoles, 27 de agosto de 2014

Resurgir

El día que dejés de dar patadas, y te sentés y observés. En que las parias salgan del travesaño de tu cuerpo. Hasta ese día, cada latido verdadero estará abogando por vos, en desierto y lodo, sin rencores.

Cuando crucés los ríos, las tinieblas dejarán de ser tuyas, serán un sueño ajeno, del vecino perdido, ya no sentirás la asfixia de ser eternamente vencido por el miedo.

Hoy no te saco, ni te intento, me alejo, porque las cruces internas son pesadas para vos, pero imposibles para dos.

Mirame con vacío, desde acá lo acepto, porque si algún día te atraviesa la felicidad de hacer feliz a otros, existirás para mí, y te habré de vivir.